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^^ placida ^^

Periodismo y Women's Lib

Periodismo y Women's Lib

June Fernandez es una joven periodista, compañera de militancia, que vale un huevo y a la que tengo mucho cariño. Trabajó para El País y la revista Frida, es una de las fundadoras de Kazetarion Berdinsarea, una red de periodistas (vascos y vascas) con visión de género. June sigue reinventándose a sí misma, y ahora trabaja en la creación de una nueva revista digital, joven y feminista. Le he prometido colaborar, aunque aún no haya decidido el formato y siga dándole vueltas a lo oxidada que estoy y a las limitaciones (internas y externas) que tengo.

Hace unos meses, encontré en una feria de libros antiguos una edición de Kairos (Barcelona) de 1972 titulada "Hablan las women’s lib", una compilación de artículos con títulos tan sugerentes como "Guerra al sexismo", "El mito del orgasmo vaginal", "La represión sexual de la mujer" o "Ya no soy tu chica". Me sorprendió que una obra tan explícita encontrara salida en pleno franquismo, sin duda bajo la más estricta clandestinidad.

A continuación reproduzco uno de los artículos, firmado por Helen Dudar para la revista Newsweek el 23 de marzo de 1970. La traducción es muy mala, pero lo que más me interesa es la intención de la periodista de sumergirse en el MLM con una sensación de ambivalencia que supone un 50% de recelo, y el hecho de que concluya el trabajo transformada y con una herida abierta. Ése es el periodismo que me interesa y por el que pienso que merece la pena luchar. Dedicado a June.

GUERRA AL SEXISMO por Helen Dudar

En una época de reivindicaciones sociales, la antigua causa del feminismo norteamericano se encendió en una vida nueva y violenta con el movimiento de liberación de las mujeres. Es un fenómeno difícil de analizar; la mayor parte de las feministas rehúsan siquiera hablar con periodistas masculinos, a quienes les resulta difícil hacer el reportaje con el dominio del asunto que tiene una mujer. Newsweek invitó a Helen Dudar, periodista de primera plana, para hacer este artículo.

Cuando los amigos me preguntaban en qué estaba trabajando esos días, decía: "Oh, en varias cosas". Y hablaba inmediatamente de los niños. Otra cena congelada, otro intercambio de peleas entre un hombre y una mujer, cuya vida en común había parecido siempre amistosa, me parecía una perspectiva insoportable. Al principio, aun antes de que alguien preguntara, muchas veces yo misma abordaba el asunto. Si la pareja conocía lo que era el movimiento de liberación de las mujeres, empezaba inmediatamente una discusión; él, como herido, murmuraba entre dientes: "Pero, cariño, que quieres decir con que piensas adherirte... ¿No te sientes libre?"; ella respondía con suave obstinación, "Sí, sí, pero me siento en la obligación de asumir un compromiso existencial". Si no habían oído hablar de la liberación de las mujeres, yo explicaba, y se entablaba una discusión. Algunas veces era él quien preguntaba si no había planteamientos válidos en juego, mientras ella, temiendo el ataque a su papel de madre, mujer y guardiana del hogar, se sublevaba perpleja y enojada contra ideas extrañas, que le sugerían el haber empleado toda su vida en trivialidades.

Así descubrí casi de inmediato, hasta qué punto este asunto provoca reacciones. Nadie se halla inmune. Las sufragistas eran esas damas ridículas de los raquíticos noticiarios que se ataban a los postes del alumbrado para obtener el voto. La Nueva Feminista norteamericana es la hija del vecino, estudiante universitaria que anuncia friamente que no piensa casarse. Es Judy Stein, de 16 años, fundadora del Womens’s Lib en la Escuela Superior de Música y Arte de Nueva York, que suele pagar su consumición cuando sale con un chico. ("Si no, es como si el muchacho te alquilara por una noche") Es también Ti-Grace Atkinson, que dejó ya hace tiempo la etapa de la denuncia del matrimonio, y que escribe ahora sobre la necesidad de renunciar al sexo y al amor, dado que, desde su punto de vista, estos son los medios fundamentales con los que los hombres esclavizan a las mujeres. Finalmente, las Nuevas Feministas son miles de mujeres con amantes, maridos e hijos -o con la esperanza de llegar a poseer algún elemento de esas tres categorías- que hablan de modificaciones en las actitudes y hábitos sociales que permitan a todas las mujeres actuar con igualdad, aunque como personas diferenciadas de los hombres.

JUGUETE: Por supuesto, no es de ese modo que la mujer norteamericana se ve ahora a sí misma. Es, en la elaborada retórica del movimiento, un "objeto sexual", nacida para ser el juguete de un hombre, limitada y definida por su papel sexual, más que abierta a las ilimitadas posibilidades humanas reservadas a los hombres, o al menos a algunos hombres. Les han enseñado de pequeña que las niñas juegan con muñecas y los niños construyen cosas. Si es inteligente, los adultos empiezan temprano a advertirla de que no debe ser demasiado inteligente. "Si usted resulta un genio matemático, -afirmó una mujer joven en la Universidad de Columbia- será su madre quien le dirá "píntate los labios y consigue un novio"".

Será una secretaria, una maestra, una enfermera, y sólo ocasionalmente una médico, una abogado o la jefe de cualquier cosa. Trabaje en una fábrica o en una de las profesiones de la élite, gana menos que los hombres y tiene menos probabilidades de promoción, con todo lo superior que sea; las mujeres, por definición, son menos superiores que los hombres. Cuando tiene hijos, queda atada a sus necesidades durante la mayor parte de sus años de vigor y juventud. Es la mujer de Fred y la madre de Jenny, y aparte de eso, descubrirá tardíamente que no tiene otra identidad.

IMAGEN: Los fabricantes y vendedores de objetos de consumo la miman con mercadería, la atención concentrada en reforzar una imagen sexual. "Somos fundamentalmente invisibles", dice Jo Freeman, una estudiosa de ciencias políticas. "Miro la pantalla de televisión, los anuncios, y allí veo esa persona sexy o graciosa que es lo que se considera una mujer. Yo no soy esa persona, y ninguna de mis amigas lo es. Pero usted nunca ve a ninguna de nosotras." Nanette Raimone, que realiza el único programa de radio de la Liberación de las Mujeres que existe en el país, para WBAI de Nueva York, dice que "a fin de cuentas ser una mujer es no ser nada. El tipo que realiza un trabajo en cadena no quiere ser una mujer. No se trata de que el trabajo en el hogar sea peor que el de la fábrica. Es que se da cuenta de que es nulo, de que es una total nulidad".

Lo que ha surgido rápidamente para llenar el vacío es el movimiento de Liberación de las Mujeres, designación poco explícita de una multitud de pequeños grupos dirigidos por una multitud de mujeres que se niegan a denominarse líderes. Los miembros de esos grupos son principalmente jóvenes (menos de 30), principalmente provenientes de la clase media, principalmente radicales y casi exclusivamente blancas, puesto que las mujeres negras prefieren quedarse dentro de los límites de la lucha por los derechos civiles. Como muchas de sus fundadoras vienen de la Nueva Izquierda, con su violento rechazo de toda jerarquía, estos grupos tienden a ser sólo locales, poco estructurados y poco vinculados, aunque todos se unen en cuanto a cuestiones de interés inmediato como el rechazo de la ley del aborto y el establecimiento de centros de cuidados diurnos para los niños.

El movimiento de Liberación de las Mujeres ha suscitado una literatura periódica en auge, que incluye No more Fun and Games, Tooth and Nail and Aphra (en honor de Aphra Behn, primera novelista feminista), por lo menos una autora teatral femenina -Myrna Lamb, cuya pieza The Mod Donna será presentada por el Teatro Shakespeare de Nueva York dentro de un mes- y ha inspirado al menos una docena de nuevos libros, ya terminados o en vías de realización. Pero cacular el número de miembros del movimiento es un juego difícil. Una conferenciante regular del movimiento me dijo con sorpresa y orgullo que por lo menos 10.000 mujeres deben pertenecer al movimiento. Otra aseguró que 500.000 sería una estimación moderada. Muchas ciudades de regular tamaño tienen uno o más grupos e igual ocurre en los campus de las universidades. El movimiento se desarrolla en Canadá, Inglaterra y los Países Bajos donde los grupos Crazy Mina, del tipo Provo, superaron los programas norteamericanos, exigiendo urinarios públicos para las mujeres y una semana de trabajo de 24 horas que permitiría que maridos y esposas se repartieran el cuidado de los niños.

CRECIMIENTO: Con toda seguridad, la nueva ola feminista está subiendo. Marlene Dixo, sociólogo radical, no fue readmitida en su cargo en la Universidad de Chicago, lo que desencadenó toda clase de protestas hace catorce meses; está ahora en la Universidad de McGill y casi todos los fines de semana vuela a algún lugar de los Estados Unidos cuidando los intereses del movimiento. "Durante cinco meses después de salir de Chicago -dice- trabajé el día entero en la organización de grupos. Al final de la primavera del año pasado fui a la ciudad de Iowa y encontré a un grupo de diez mujeres, compuesto por dos estudiantes y ocho mujeres de profesores; un grupo no muy apto para lanzar un movimiento. Recientemente volví allí para dar una conferencia que habían organizado, y tenían 400 mujeres. En los últimos meses he participado en diez conferencias, casi todas en el Medio Oeste, y en ninguna había menos de 300."

Sumarse al movimiento puede significar un nuevo estilo de vida. Algunas mujeres renuncian al maquillaje; muchas se preguntan si deben abandonar la depilación y mostrar las piernas velludas. Otras forman grupos vigorosos, después de abandonar los regímenes y los corsés. Y practicamente todas en el movimiento encienden sus propios cigarrillos y abren sus propias piernas. "La caballerosidad es un precio barato que se paga con el poder", comentó una líder del movimiento. De todos modos, las pequeñas gentilezas masculinas parecen ahora, a las liberacionistas, parte de una tradición sofocante que sobreprotege a las mujeres y las mantiene "en su lugar".

Acercarse al movimiento de Liberación de las Mujeres produce un efecto chocante: es el primer encuentro con el recelo que las liberacionistas sienten hacia los hombres. Ese recelo se eriza en la literatura del movimiento y estalla en la conversación, en ráfagas de invectivas doctrinarias. "No existe nada que se asemeje al amor entre un adulto masculino y un niño", me dijo una liberacionista de la clase obrera con cuatro hijas ya crecidas. "Entre la madre y el bebé hay un vínculo. Pero en el padre no existe afecto, amor ni emoción humana alguna, sino sólo el sentimiento de poder y propiedad."

Esta clase de hostilidades, sostiene un joven ideólogo, es sana: "una reacción visceral contra una situación real" y sin ninguna de las culpabilidades estimuladas por el psicoanálisis. Pero también resulta muy infecciosa. Empecé este trabajo con una tranquila seguridad respecto a mi capacidad de mantenerme a una respetable distancia del asunto que debía tratar. Esta satisfacción de mí misma se encogió y murió en la tarde en que me encontré lanzando una sarta de horribles obscenidades a un aturdido colega masculino que "sólo" había emitido una observación casual sobre algo "propio de la mujer". "¿Cómo controla usted la hostilidad?" me puse a preguntar, pues al comienzo eso estuvo muy cerca de  perturbar la rutina de mi vida diaria. "Estuve totalmente sumergida en sentimientos de hostilidad que brotaban del infierno que llevaba dentro", me dijo en San Francisco una maestra de jardín de infancia de 24 años. Pero, prosiguió, gran parte de este enojo era una "rabia de víctima" y podía aliviarse con la actividad constructiva en el movimiento de Liberación de las Mujeres. Le parecía también que la ayudaba a mantenerse alejada de los hombres.

NADA DE HOMBRES: Esta es la solución recomendada a todas las militantes por Ti-Grace Atkinson, miembro de un grupo de línea dura de Nueva York, Las Feministas. Ti-Grace ya no se presentará con un hombre excepto bajo el concepto de "confrontación clasista" -un debate en la televisión, una tribuna pública- y dice que la separación total es algo fantástico, puesto que disuelve esa ambivalencia que provoca la ira.

Sardónicamente, advierte: "El problema principal es la coherencia entre lo que se cree y lo que se hace. Por supuesto usted sabe que cada mujer del movimiento está casada con el único ser masculino feminista que existe. Por eso somos cómicas. La contradicción es la médula de la comedia. Una mujer que dice que los hombres son el enemigo, con un amigo al lado, es algo a la vez humillante y trágico."

El ridículo ha perseguido a las feministas, a través de los tiempos, como una broma satánica; es casi un alivio cuando la hilaridad se transforma en furia. "Mis amigos masculinos, en general, nos encontraban cómicas", dijo una activista. "Creo que han empezado a tomarnos en serio, ahora se enojan." En el movimiento existe la angustiada expectativa de un golpe de retorno, ayudado aun ahora por un estallido ocasional de violencia masculina.

A menudo, una organización del movimiento de Liberación de las Mujeres se describe solamente como "mi pequeño grupito", y esto es lo que esencialmente el movimiento ha sido hasta ahora: de cinco a quince mujeres que se encuentran una vez por semana e intercambian ideas y experiencias. En una de esas sesiones de "desarrollo de la conciencia", la rabia se vuelca al exterior, las ansiedades son analizadas y las mujeres se dan cuenta de cuan semejantes son sus vidas y sus problemas. Aprende también a querer a otras mujeres. "Por primera vez empecé a confiar en las mujeres", dijo una editora. "Las miro más de cerca. Incluso a una mujer que me parece aborrecible puedo verla como una persona, y no como un estereotipo."

RUPTURAS: Pero los miembros del movimiento de Liberación de las Mujeres, a veces, estereotipan a los hombres. "¿Su marido también es escritor?" me preguntó una mujer. "¿No es celoso?" Le dije que no; ella parecía escéptica. La participación en el movimiento, en general, puede ser dura para las parejas. Matrimonios y otros vínculos permanentes se derrumbaron debido a la irritación de la mujer, recientemente desarrollada, y a ciertos prejuicios recientemente descubiertos por el hombre.

Sin embargo, muchas mujeres que conocí estaban casadas con hombres que consideraban relativamente libres de "machismo"; en estos casos la masculinidad no era un impedimento para que se dividiera la faena de cuidar la casa, o de los niños. Y algunas parejas logran asociaciones excepcionales. En Nueva York encontré un marido y una mujer, ambos con trabajo de media jornada, para que pudieran los dos pasar medio día con su niño pequeño. En Berkeley supe de una mujer, periodista, cuyo marido se quedaba en casa. Ella iba todos los días a un empleo que le gustaba; él de buen grado había dejado uno que odiaba para quedarse en casa con el niño. Pero éstas son, esencialmente, soluciones privadas. Pese a la prédica sobre la abolición del casamiento y de la maternidad, gran parte del movimiento se centra en las posibilidades liberadoras de una red de centros para el cuidado de los niños, con personal masculino y femenino, que eliminarán la parte ingrata de la crianza de los hijos.

No se trata de una utópica ilusión. "Me gustaría una revolución", me dijo Lindsay Van Gelder, reporter de Nueva York. "Pero, realísticamente, me conformaría con lo que tiene Suecia." Lo cual es un buen comienzo. Pues Suecia, luego de un decenio de grandes debates, está pasando por una ola de reformas feministas. El catorce por ciento de sus escaños parlamentarios y dos ministerios de su Gobierno están ocupados por mujeres. Hay mujeres que manejan grúas, coches y autobuses; los padres tienen que mantener a los hijos, pero las mujeres divorciadas pueden arreglarse solas. Hay clases obligatorias, mixtas, de trabajos en metal, costura y cuidado de los niños; un nuevo sistema impositivo obliga prácticamente a las mujeres a buscar un empleo; se ha pensado en organizar centros de cuidado diurno y este año una modificación de los libros escolares, impuesta por el Gobierno, empezará a eliminar la imagen estereotipada de ambos sexos.

SEXO: Pero las reformas de estilo sueco, aunque admiradas en el movimiento, no son en general el tema principal de discusión. La constante preocupación de sus sesiones es el sexo: las decepciones, los fracasos del orgasmo, la inepcia de los hombres. Las discusiones parecen inagotables y la literatura obsesiva que este asunto produjo alimenta una opinión del hombre, lo que yo denominé la Teoría del Gran Golpe sobre la liberación femenina. Los hombres parecen convencidos de que lo que todas las mujeres necesitan es un buen coito. Pocos hombres se detienen a pensar si un rato de desenfreno cada noche haría olvidar a una mujer su aburrimiento, su frustración y el sentimiento de sufrir injusticias día tras día. Y quedan muy sorprendidos cuando ellas se quejan de que las consideren exclusivamente desde el punto de vista sexual.

La incitación lesbiana es otro tema masculino favorito, y produjo algunas reacciones interesantes entre las liberacionistas, inclusive sobrios debates respecto a si el lesbianismo constituía una alternativa viable a la heterosexualidad. "Una mujer que no se amilana con cualquier otro insulto -"váyase a casa y tome un baño", "lo que le conviene es una...", "sucia comunista rojilla"- puede deshacerse en lágrimas porque alguien la llame lesbiana", dice Robin Morgan. Una parte del Movimiento de Liberación de las Mujeres empezó a preguntarse por qué ellas reaccionan de este modo, invitó a las lesbianas al movimiento como "nuestras hermanas", y consideró la homosexualidad como un medio de control de los nacimientos y un camino hacia la igualdad.

Entre las abolicionistas del matrimonio y las que "flirtean" con el lesbianismo se encuentran las moderadamente radicales. Shulamith Firestone, una de las fundadoras del movimiento de Nueva York y autora de un trabajo teórico denominado The Dialectic of Sex, dice que la mayoría de las mujeres prefiere el intercambio sexual con los hombres y debe practicarlo, pero sin volverse dependientes o dejarse tratar como "felpudos". Anne Koedt, otra pionera de Nueva York, es cautelosa en sus consejos. "Hay que ser honesta consigo misma -dice-, dar cada paso sólo cuando ese paso ha adquirido un sentido para usted. Tenemos sólo una limitada tolerancia para el cambio."

Mientras conversaba con muchas de las mujeres que aquí analizo, advertía cuánto falsea las cosas la palabra impresa. En el papel, muchas parecen frías, lejanas, impertinentes, duras y a veces un poco necias. Al encontrarme con ellas, me parecieron en general amistosas, bien dispuestas y atrayentes. Frente a las que desarrollaban las más excéntricas teorías, me venía a la memoria que los fanáticos de hoy son, a veces, los profetas de mañana. Entre las mujeres que entrevisté había universitarias y arribistas intelectuales; pocas, además, podían soportar los astutos ataques de los contrarios. Sin embargo, el impacto general fue de cierta ternura sin corrupción, un sentido de hermandad sin sentimentalismo, entretejido en todo el movimiento.

LIBRES: Era grato encontrar mujeres que no estaban desesperadas por encontrar marido. Pero mucho de lo que se decía sobre la liberación de la dependencia era ilusorio. ¿Quién es verdaderamente independiente, fuera del hombre o la mujer que no tiene relación personal alguna? Las feministas recién liberadas, me parece, reciben apoyo de su grupo: otra forma de la dependencia. Además, pocas de las mujeres que encontré hubieran admitido que la vida misma es injusta. La mayoría se adhiere a la apocalíptica convicción de que la sociedad que asumiera el trabajo de criar a los niños liberaría a las mujeres. ¿Liberadas para qué? ¿Para conseguir los empleos que millones de hombres tienen y odian?

Pero millones de mujeres no tienen siquiera elección, y la posibilidad de optar; esto es realmente lo que esta revolución plantea. Me asombró descubrir que el nombre del doctor Benjamin Spock, para mí asociado a la idea de los sanos cuidados a los niños y a la de un vehemente pacifista, suscita silbidos en las reuniones del movimiento porque allí lo asocian con la idea de mantener a la mujer en su lugar. Siempre contrario a que la madre trabaje, Spock ha comenzado ahora a hablar ásperamente de las aspiraciones de la joven instruida. "Spock nació para pediatra", dijo Nanette Rainone en Columbia, en un teach-in sobre la liberación. "Ha elegido. A las mujeres les dice que su destino es ser madres, que es lo único que las realiza. Y si quieren un aborto, les impone su realización."

DIVISIÓN: El camino de la realización es espinoso. Después de dos años de conversaciones, de tratar de descubrirse a sí mismo, nadie ha aprendido las soluciones. Por el momento, el movimiento de Liberación de las Mujeres se halla dividido en ideologías rivales: feministas puras que quieren trabajar solas, feministas políticas convencidas de que deben trabajar junto con otros grupos radicales. Y hay una fragmentación general que señala algún impedimento más serio. "Tengo la impresión de que se trata de un enorme movimiento que carece de organización real", dice Leslye Russel, de Berkeley. Lamenta que "parezca destinado a no pasar de un juego", a menos que se esfuerce por organizarse. "Para ser eficaz tiene que organizar una nómina masiva de socios y cierta estructura. Lo importante, además, no es sólo estar estructurado, sino tener una estructura democrática."

Aunque no todos concuerdan que la solución será una mayor organización, hay señales de una modificación en este sentido. La mayor parte de los grupos de Chicago acaban de unirse en la Unión de Liberación de las Mujeres, con un comité de dirección que abarca toda la ciudad. El grupo de Feministas Radicales de Nueva York, creado por Shuly Firestone y Anne Koedt, está organizando pequeños grupos, cada uno responsable de crear otra "brigada", cada brigada haciéndose representar por delegadas rotativas en un cuerpo coordinador de toda la ciudad, y todo ello enderezado a crear un movimiento con base de masas, y con idéntico desarrollo en otras ciudades.

TERMINOS DE PODER: Hay, por supuesto, zonas apenas tocadas por el nuevo espíritu. Roxane Dunbar, una de las más importantes teóricas del movimiento, acaba de dejar su grupo de Boston para intentar organizar a las mujeres del Sur, que son las que conoce mejor. Desea construir algo pero, como la mayor parte de la hermandad, siente aversión por encararlo en términos de poder. Poder es lo que tienen los hombres. "No es posible vencer el poder con el poder de liberación -dice-, porque esto sería monstruoso. Lo que queremos es construir grupos que aislen al poder." Ninguna persona sensata -supone- quiere ver a las mujeres "liberadas en el papel social de hombres". Lo que pretenden es destruir ambos papeles.

Esta perspectiva me llena de alegría, y -quiero agregar enseguida- esto está muy lejos de la posición que sostenía hasta hace unos meses. Durante años rechacé a las feministas sin preocuparme por enterarme de sus acusaciones. La estridencia me aturde y, como a muchas otras personas, siempre me fue fácil desechar la sustancia por desagradarme el estilo. Pero, si se pone uno a pensarlo, mi disgusto por la apariencia era tonto: ¿En realidad, quién escucha las quejas formuladas en pianissimo?

ORGULLO: Más o menos en la época en que empecé este trabajo, había oído lo suficiente para desechar la hostilidad y sentirme en un estado de ambivalencia. Pensábamos -los hombres que dirigen esta revista y yo- que la ambivalencia era un estado de espíritu muy refinado para escribir un ensayo sobre el movimiento de Liberación de las Mujeres. Bueno, yo creo que tal ambivalencia sólo duró 57 1/2 minutos, los de la primera entrevista. A mitad de mi conversación inicial con Lindsy Van Gelder, una amiga y colega, ella dijo, como observación marginal, que muchas mujeres que se sentían firmemente establecidas en terrenos dominados por los hombres experimentaban resentimiento frente al movimiento de liberación, porque su soledad les brindaba cierta sensación de superioridad.

Volví a casa, esa noche, con el dolor de estómago y de cabeza que, por primera vez, la ansiedad me producía. El sentimiento de superioridad es justamente lo que sentía y disfrutaba e iba a ser duro renunciar a él. Fue un descubrimiento importante. Una de las raras y verdaderas recompensas del trabajo periodístico es llegar a conocerse a sí misma. Aunque grata por este aspecto educativo, tenía que reconocer que no me ayudaba a superar la tensión mental.El movimiento de Liberación de las Mujeres pone todo en discusión; y aunque lo apruebo intelectualmente, me siento emocionalmente débil frente a muchos de sus planteos.

No importa. La ambivalencia desapareció. El sentimiento de lejanía también. Lo que queda es un sentimiento de orgullo y de hermandad con todas esas mujeres que han estado planteando las cuestiones más drásticas. Me siento agradecida hacia ellas. Lo mismo, creo yo, que muchas otras mujeres.

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3 comentarios

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To make good use of life one should have in youth the experience of advanced years, and in old age the vigor of youth. (Stanislars I, Polish king)

placida -

¡Me alegro mucho, June! Muxu handi bat*

June -

Eskerrik asko, preciosura. Hay nervios, pero mucha ilusión. Me encantó e inspiró este artículo. Besos
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